Otoño en las fuentes del río Narcea

Nov 24, 2011 2 Comments by Pedro Retamar

El año envejece tras el paso del décimo mes, mientras los fríos se cuelan por los resquicios umbrosos del bosque que guarda los veneros del río Narcea.

Texto y fotos: Pedro Retamar

Parque Natural de las Fuentes del Narcea y del Ibias

Con los flancos protegidos entre las sierras de Caniellas y Degaña, las aguas del joven río descienden impetuosas entre la fronda del más extenso hayedo del Principado de Asturias. Enclavado en el suroeste de las tierras astures, el Narcea discurre en su cabecera por una de las zonas mejor conservadas de la Cordillera Cantábrica agrupadas entre el Parque Natural de las Fuentes del Narcea y el Ibias y la Reserva Biológica de Muniellos. Unido al leonés valle de Laciana por el Puerto de Cerredo, los olvidados bosques que pueblan estos lares dan cobijo a algunas de las especies de fauna más amenazadas de la Península Ibérica. Osos y urogallos son capaces todavía de encontrar, entre las espesuras montanas, tranquilos perdederos donde excavar una hura para dormitar y parir durante el invierno, o un discreto cantadero que vele el cortejo de los donjuanes.

El tramo fluvial que recoge las nacientes aguas del Narcea asoma por el encajado valle iluminado con tonos verdinegros. Los verdes de unas tupidas laderas atestadas de hayas y robles, abedules y arces, acebos y serbales, tojos y brezos, y los negros de una tradición minera que arranca el carbón del alma de la montaña.

Una pequeña carretera discurre sinuosa por el fondo de la vega desde la localidad de Pueblo de Rengos hasta Monasterio de Hermo, para dejar a mitad de camino Gedrez, en lo que se podría denominar el trecho de las Fuentes del Narcea. Desde las turberas que dan vida al río en los ribazos del Alto de Bustapiedra, las laderas que abrigan su paso se adivinan desiguales en su vegetación y orografía; mientras la orilla izquierda alberga el extenso y abigarrado hayedo conocido como de Monasterio de Hermo, la margen contraria se puebla de tojos y brezos, acompañados de rodales de roble albar y rebollo, con despeñaderos y cornisas pétreas que salpican las inclinadas praderas existentes.

El bosque maduro

Pero los días se acortan vertiginosos y el soplo de la otoñada inunda el valle de aromas maduros. Es tiempo de recogida y el bosque deja caer a sus pies todos los frutos que el estío acuñó durante meses. Majuelas, hayucos, bellotas, avellanas, endrinas, moras y castañas cuajan el monte de olores y sabores. La fauna aprovecha la fecundidad del otoño para llenar sus despensas, los unos en forma de grasas, como el oso, y los otros en pequeñas alacenas, como el arrendajo. Y aunque no es fácil ver al enorme plantígrado ni en sus momentos de mayor actividad, patear estos bosques otoñizos es encontrarse al corzo, al zorro y al jabalí, o descubrir las huellas y muestras de la garduña, el lirón gris o el mítico lobo. Mientras el bosque se desnuda para pasar el invierno, los habitantes peludos de esta montaraz casa se abrigan con una densa borra que les protege de la dura intemperie.

El hayedo es el bosque caducifolio por excelencia de la España atlántica, y éste de Monasterio, una de las mejores muestras de ello. Las altivas hayas lucen, en estos momentos, una silueta cobriza con los troncos cubiertos de musgos y un deslumbrante cortejo alrededor de encendidos acebos y serbales. En toda la zona se mantienen las tradicionales actividades ganaderas, forestales y cinegéticas, pero la convivencia de los humanos con su boscoso entorno se podría calificar de ejemplar.

Entre mineros y vaqueiros

Monasterio de Hermo es un pequeño pueblo que mantiene todavía una intensa labor minera, aunque la mayoría de las pequeñas minas que se hallan entre estos parajes están ya abandonadas. Unos pocos kilómetros río arriba, y tras cruzar junto a la única mina que se encuentra activa en este concejo, se abre la Braña de Narcea de Monasterio, con sus cabañas de vaqueiros en perfecto estado. La pista que se interna en el hayedo por la diestra del río busca las bocas de varias minas olvidadas y a punto de ser tragadas por la espesa vegetación. Mientras el camino que nace por la izquierda de la braña asciende por el cauce hasta topar con el paredón de Bustapiedra, donde el río tiene sus manaderos.

La otra población que disfruta de las bondades de este impresionante hayedo es Gedrez, de poco más de doscientos habitantes, y donde todavía cada amanecer se despierta con el sonido de las esquilas de las vacas en su entrada al establo para el primer ordeño. Desde la carretera que une las dos poblaciones parten diferentes caminos y sendas, que se internan en esta deslumbrante jungla donde los pigmentos ocultos del otoño renacen cada año.

Recomendaciones del autor

Cómo llegar:

La localidad leonesa de Villablino, capital del valle de Laciana, marca el punto de referencia para llegar por el sur a las Fuentes del Narcea. Desde Ponferrada, en la A-VI, parte la carretera N-631 hacia Villablino, que deja a un lado la urbe y continúa hasta Caboalles de Abajo, donde una pequeña carretera comarcal entra en Asturias por el Puerto de Cerredo. Tras pasar por las localidades de Degaña, Fondos de Vega y Larón, se cruza el Puerto de Rañadoiro hasta encontrar Pueblo de Rengos, desde donde parte la carretera que se interna en el valle que forma la cabecera del Narcea.

Dónde dormir:

La mejor alternativa para pernoctar en la zona son las Casas de Aldea.

En Gedrez: Casa Funsiquín, www.funsiquin.com

Casa Grabelón, www.grabelon.com

Dónde comer:

Las Casas de Aldea ofrecen en su mayoría una buena cocina casera asturiana, a base de productos de sus mismas huertas y granjas. El precio medio de los menús ronda los 12 euros.

Actividades:

Senderismo, rutas a caballo, descensos en canoa o piragua. NarceAventura, en Cangas de Narcea. www.narceadigital.com/turismo/narceaventura.html.


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Periodista, naturalista, fotógrafo y viajero

2 Responses to “Otoño en las fuentes del río Narcea”

  1. Sylvia says:

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